No he venido a hablar sobre la elaboración de un documento biográfico, sino a explicar por qué es importante y justo
componerlo. Quizá algunos de ustedes se pregunten en estos instantes si su vida merece ser plasmada en un libro,
pero -si me permiten el atrevimiento- yo les aseguro que sí.
Los pilares del mundo son sus individuos particulares, cuyas vidas se despliegan en forma de historias concretas como
la suya o la mía. Todo cuanto no tenga una raíz individual es abstracto, por no decir vacío, y cuando comparamos
algo abstracto con algo propiamente real descubrimos que sólo lo segundo lleva consigo detalle, pormenor. Una línea
geométrica, por ejemplo, es sólo cierta sucesión de puntos iguales, mientras una línea vital está formada por infinitas
variantes de algo tan insondable como el cosmos, que en todas sus direcciones ofrece más y más perspectivas al
observador.
Cuando la vida se ha remansado, dejando atrás el tramo más o menos frenético de abrirse camino y andar fascinado
por novedades pasajeras, los placeres de la contemplación se sobreponen a los de la acción, y recapacitar sobre lo
andado nos devuelve al sí mismo irrepetible de cada uno. ¡Qué misterio es vivir, y cuántas veces olvidamos que la
forma suprema del ser es la memoria, no ninguna cosa tangible!
Cada cual habrá luchado por su lugar al sol, soportando una mayor o menor presión de las circunstancias para salir
adelante, pero a esa peripecia vital todos ustedes añaden un recuerdo que además de conservar presta sentido. Les
sugiero por ello que se detengan en ese sentido, cuando ya han tenido tiempo para crearlo con sus propias acciones,
y rememoren serenamente por qué aquello y cómo lo otro, pues pueden estar seguros de que la vida les eligió para
llegar a la edad del verdadero conocimiento.
Ustedes sopesan los tesoros de su experiencia, y nosotros nos encargamos de trasladarla a palabras e imágenes. Así
podremos demostrarles que en esta sala -y en cualquier lugar donde se reúnan personas mayores- hay un grupo de
sabios y héroes, no por menos notorios menos dignos de rematar sus empeños con huellas indelebles. La abnegación,
la generosidad, la dulzura, el coraje, la honradez, la paciencia, el tesón y otras cualidades conmovedoras del corazón
humano no son fruto de clase social o casualidad, sino hazañas rigurosamente individuales que enriquecen el nosotros
formado por cada estirpe.
Originalmente, lo que distinguía al aristócrata del plebeyo era poder recordar minuciosamente quiénes le habían
precedido en la custodia del fuego hogareño, y García Márquez rescató esa herencia diciendo que lo malo no es
la vejez sino el olvido. Pero entre aquello que las técnicas acabaron permitiendo está que lo reducido a la vieja
aristocracia sea accesible hoy a cualquiera, sencillamente aprovechando los recursos que Memoralia conjuga para
componer su historia.
Empecé atreviéndome a asegurar que esa historia merece ser contada, ya sea por su protagonista o por el entorno
de sus seres queridos, y para acabar de probarlo no debo omitir un motivo comparable al de honrarse a sí mismo,
o celebrar la vida de quien hizo posible la nuestra. Una biografía tiene siempre como eje algún yo absolutamente
singular; pero es también el marco del vosotros y el nosotros próximo, el del tú ampliado e inmortal que se arracima en
torno a cada apellido.
Una encuesta reciente demostraba que menos de la mitad de nuestros jóvenes recuerdan el nombre de sus cuatro
abuelos, precisamente cuando todo el mundo parece llamado a aparecer antes o después en alguna pantalla
contemplada por millones -siquiera sea durante segundos-, como condenándonos a ver y ser vistos fugazmente
sin evitar una condición de muchedumbre solitaria. Sin embargo, los mismos inventos que masifican pueden
individualizar, y el taller del olvido tiene todas las herramientas necesarias para convertirse en fortaleza del recuerdo.
Al ofrecerles nuestra gama de biografías somos conscientes, por eso, de que reconstruir una vida singular desde la
infancia tiene el mismo valor para ella y sus descendientes que la historia general para el conjunto. Lo disperso se
reúne, lo difuso se torna preciso, y cada nuevo brote de vida puede recomenzar iluminado por su propio origen. El
tiempo, que visto desde una perspectiva destruye y confunde, se transforma en fuente de conocimiento y perduración.
A la pregunta ancestral -“¿De dónde vengo?”- los descendientes podrán empezar respondiendo con un mapa detallado
de las iniciativas y personas que les precedieron.
Tengo la suerte de participar, aunque sea de forma honorífica, en una empresa de periodismo a la carta, que se dedica
a escuchar historias particulares para convertirlas en libros biográficos. Y si digo que hay suerte en ello es porque me
permite hacerlo ampliando la propia estima y la continuidad de otros, que tienen todo el derecho del mundo a asegurar
su huella ante las ingratitudes del anonimato.
Muchas gracias por su atención.
Antonio Escohotado, abril de 2009.
Más información:
www.memoralia.es